Hola: me llamo Quimet, aunque parezca una tonteria empezar con mi nombre, no lo es, tiene mucho sentido y ahora lo explico.

En realidad, en mi DNI pone Joaquín, pero ése no es mi nombre, sino Quimet. Nací en 1972 y a mi madre le gustaba tremendamente ese nombre, pero los que estaban entonces en el poder, algunos inútiles supongo (que, por cierto, así nos fue y nos va, con diferencia a Europa en el tema cultural y demás) no le dejaron, le dijeron que no, que en España era Joaquín y que en su casa lo llamara como quisiera, y lo más curioso es que mi familia no es catalana, simplemente era una mujer sevillana ilusionada con su hijo recién nacido y feliz con empezar una vida junto a él, qué lerdos eran; no era una cuestión política, era simplemente una decisión libre de alguien que se creía libre de poder hacer esa elección.

Empiezo contando algo tan personal, aunque no muy extenso, porque es un tema que da mucho de qué hablar, porque a partir de ahora si os apetece voy hacer un viaje en lo más profundo de mí, en algo tan personal y tan querido para mi como es el cine, un amigo que siempre me ha acompañado y nunca me ha fallado: mis películas, como yo las llamo.

Mis primeros recuerdos son con mi padre que me llevaba cada vez que podía a las dobles sesiones de cine de barrio, esos cines que podías ver las pelis las veces que querías sin tener que pagar más y que olían a pies. Qué recuerdos aquellos y supongo que la inocencia de mi edad de entonces y la grandeza de sus salas (y no las de ahora que algunas son ratoneras capitalistas), las hacían tan especiales, con sus carteleras pegadas en un tablón, qué maravilla, que por cierto ya no existen hace muchos años, ahora hay posters mega gigantes que no tienen alma de cine, sólo de consumo de palomitas.

Bueno, después de romper un poco el hielo, empecemos a hablar de cine que para eso estamos aquí, hoy en lágrimas de celuloide, y llamo así esta sección porque me voy dando cuenta que el cine poco a poco está muriendo, cuesta mucho ver una peli como las de siempre, con exteriores, extras, escenarios gigantescos, persecuciones y aventuras a los siete magníficos, el alma del cine se nos va, chicos, y gran parte del problema viene por culpa del sistema capitalista en que vivimos, han priorizado el dinero por encima de todo y les da igual el resultado, solo que la gente se deje la pasta en el cine y les da igual todo lo demás, y recordad que el cine es cultura y la cultura es inmortal, y si nosotros admiramos a directores como John Ford, Berlanga o Kurosawa, por sus películas y lo que cuentan en ellas y cómo lo cuentan (y que, por cierto, también hicieron dinero) qué pensarán de nosotros nuestro futuros nietos y demás, dejándoles toda esta basura de películas que no les aportarán nada y lo peor que no aprenderán en lenguaje cinematográfico.

Para dar sentido a estas palabras hoy voy a recomendar una película, que para mi humilde opinión hizo dinero y es una obra maestra, porque no dejemos de reconocer que el cine no deja de ser una empresa.

Se trata de El gran carnaval (título original Ace in the hole) dirigida por Billy Wilder y protagonizada por Kirk Douglas, Jan Sterling, Robert Arthur y Porter Hall, una espeluznante historia sobre un hombre que se queda atrapado en un túnel y cómo un periodista sin escrúpulos y sin principios (que en realidad no es un periodista, es la sociedad) se aprovecha de las circunstancias para sacar provecho de dicha desgracia, una película muy especial no sólo por ser una obra maestra sino que demostraba Billy Wilder que no sólo era un director de comedia, una película que te hace pensar sobre la conducta humana, y dónde nos lleva la sociedad de consumo.

Es una película del año 51 que nos avisaba dónde podíamos caer y qué razón tenía nuestro amigo Billy, cuando ya esto es normal en nuestra sociedad, y cuando lo veo constantemente a mi alrededor siempre pienso qué grande es el Gran carnaval de Wilder, qué grande es el cine.


Nos vemos la semana que viene con más pelis de las que se te quedaran siempre en el corazón y no en la cartera.